¿PUEDE EL PERRO CALIENTE VENCER A LOS RUSOS? *

Condensado del Stars an Stripes
Fue durante la visita de Nikita Kruschov. Durante muchos días lo llevaron de un sitio a otro, le mostraron los ferrocarriles, las fábricas, los edificios, y a todo respondía Nikita con una sonrisa amable que podía interpretarse como «En casa lo tenemos mejor»... ¡Hasta que llegó el perro caliente! La primera vez que Nikita Kruschov probó un perro caliente americano, quedó admirado, y, rompiendo con el protocolo, afirmó que eran mejores que los rusos.
Aquella tarde recibí una llamada urgente del Comandando Estratégico. Mi plan había sido sacado del archivo. Era necesaria mi presencia, para aclarar ciertos párrafos devorados por las cucarachas.

Primero: Nuestros cohetes serán peores, nuestros diplomáticos serán peores, nuestros aviones serán peores...; ¡pero nuestros perros calientes son, decididamente, mejores que los del enemigo! Es más, ¡son incomparables!
Segundo: A los rusos les tiene que gustar el perro caliente. Porque todavía el materialismo marxista no ha ahogado por completo ciertos valores espirituales en el pueblo.
Sentados esos dos principios que nadie en su sano juicio se atrevería siquiera a discutir, resulta evidente qué hay que hacer. Se construirán dos millones de puestos de perros calientes, desmontables, con paredes y mostradores de aluminio, capaces de ser lanzados en paracaídas para abastecerlos, y se entrenará a un cuerpo de dos millones de vendedores-cocineros, denominados HDSC (Hot Dog Strategic Command), escogidos entre los más audaces y físicamente aptos de nuestros soldados.
A una señal del Pentágono, seiscientos aviones de transporte saldrán de veinte aeropuertos y bases norteaméricanas, y se dirigirán hacia la URSS, dejando caer los puestos de aluminio, que diez minutos más tarde, estarán completamente armados y listos para empezara servir perros calientes en campos y ciudades. Y seis horas después, cuando todos los rusos, jóvenes y viejos, estén haciendo cola para probar

¿Cuándo sucederá?... Eso no puedo predecirlo. Pero creo, firmemente, que un día no muy lejano, en prueba de agradecimiento, la Estatua de la Libertad tendrá en la mano no una antorcha, sino un perro caliente de bronce macizo.
* Cuando en 1959 se supo que un cohete ruso había llegado a la Luna, se produjo una enorme conmoción en el Pentágono. Pero el general Tom Isaboy permaneció inmóvil en su cama. Entre otras cosas, porque la noche anterior se había bebido tres botellas de whisky, pero, además, porque a él no le preocupaban los cohetes. El general ha propuesto, hace mucho tiempo, una línea completamente distinta de estrategia frente al Soviet.
Condensaciones de paquetes de estupidez permanente coleccionados en folleto
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